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July 11 Riders of la Mororoca (Diciembre 2006)
África es el hogar de mis ancestros y el bajo Atlas la tierra en la que mi abuelo Kareem, descendiente al trono de Marruecos, huyó de la prisión en la que el golpe militar de 1936 (hecho que conoceréis sobradamente por los libros de historia) lo tenía confinado. Atravesando el Sahara oculto en las alforjas de un dromedario durante 300 Km. con una pequeña cantimplora (menos mal que no viajaba con el Calada porque de ser así seguro que no lo habría logrado) logró llegar al Rif escalándolo, a pesar de que sus torturadores le habían cortado todos los dedos del pie izquierdo, para posteriormente cruzar el estrecho a nado ayudado únicamente de un tronco de olivo a pesar, de nuevo, de que sus torturadores le habían cortado todos los dedos de la mano izquierda. Así llegó el valeroso Kareem, exhausto y moribundo a las costas de Conil de la Fra. (A la playa de la fontanilla para ser más exactos) y así lo encontró mi abuela que inmediatamente se enamoró de su noble rostro dándole cobijo y escondiéndolo de la dictadura franquista procurándole un nuevo apellido al pobre tuerto desgraciado ¡malvados torturadores! El amor entre mi abuelo y mi abuela no tardo en dar sus frutos en un vástago, mi padre, a pesar una vez más, de que sus torturadores le habían cercenado a Kareem el testículo izquierdo (vamos que era un adefesio el pobre). Por lo que concluimos que yo, Afrogadita I, como primogénito de mi padre, soy legítimo heredero al trono de Gondor… digo Marruecos. Si se muriesen los 232 herederos que me preceden, yo sería Rey. Ese gran hombre era mi abuelo, Kareem Abdul Jabbar… y esta descomunal trola es la que se siguen creyendo toas las pibita a las que se la cuento desde hace más de 10 años (ninonino, tienes cara de marroquí) jeje, debe ser por mi piel aseitunada, mi narí aguileña y mi porte de de prínsipe árabe de las 1001 noshe, vamo que tengo más cara de moro que el Omar Charíf. Entenderéis pues que tuviera curiosidad por conocer esa tierra imperial de cuscús, dátiles y dunas eternas, la cultura de la media luna y una costa expuesta a la ira del atlántico a lo largo de cientos de kilómetros, ideal para una nueva aventura surfera de Afrogadita y sus compinches. Mis camaradas en esta ocasión eran, como no, el ínclito Calada y el Cresi (campeón de España de baloncesto universitario), además de las nuevas adquisiciones: Luís “Mortadelo” Linar (campeón de Andalucía de comé nabos) su novia Tríniti (como se escantille se la levanto ¡menudo bombón!) y su colega Jeremi “Le blond de Camas”. Seis proyectos de beduino surcando el estrecho rumbo al continente negro, un estrecho que puede ser un lugar fascinante: desde grandes porta-contenedores, hasta traficantes con planeadoras, pasando por delfines, calderones y hasta colas invertidas de ballena. Todo un espectáculo del que yo… no vi nada, únicamente mis jugos gástricos y algún trozo de intestino cayendo al agua por la borda del ferry, y es que habíamos elegido el maretón más grande del año para el viaje ¡el Windguru lo daba colorao, ay mamá! y yo me mareo más que Arrabal en un Tiovivo (¡Eer mirerarishmo va a shegarrrr!) menudo surfero de pacotilla. Una vez liberados de la tortura de la aduana y una vez superado el Cabo Espartel nos encontramos con la carretera por delante, una vía que repasaba una costa embravecida de extensos arenales, salpicada por pequeños pueblos blancos como Briech, Asilah o Larache, donde paramos a dormir en la preciosa “Maison Haute” regentada por Hakim un moro que se salía literalmente del pellejo to mono él con tos sus avíos de moro chilaba, pipa de kifi, etc. Os aconsejo fervientemente el sitio si pasáis por Larache, comodidad mora a muy buen precio y una vista acojonante en la azotea de la torre, desde donde se divisaba la bocana del puerto pesquero desfasada con 4 metrazos. Imposible para mortal alguno. Al día siguiente el mar no daba tregua, por lo que decidimos continuar nuestro camino dirección sur esperando encontrar alguna playa algo más recogidita, cosa que no encontramos en Moulay Bousselham, obligándonos a continuar sin mucha fe al menos hasta Kenitra donde nos aguardaba la mítica Plage de Medhia. No podíamos imaginar la sorpresa que allí nos aguardaba. Para llegar a Medhia debíamos acompañar al río Sebou hasta el mar cuando, a más de dos kilómetros de su desembocadura ¡Tachán! Nos encontramos con algo insólito, una versión menor de la Pororoca amazónica (en longitud, no en tamaño ya que las olas más grandes rondaban los tres metros) su prima hermana africana, la Mororoca. El mar, enorme, invadía a violentos latigazos el amplio delta del Sebou, encontrando en su camino la bajamar y un pronunciado meandro en la rivera sur, levantando una de las izquierdas más largas y perfectas que he podido ver nunca, la cual se adentraba eternamente en el ancho rió al no existir playa alguna en la que morir. Este fenómeno es muy infrecuente, puesto que necesita un coeficiente de marea extremo y una marejada brutal del noroeste por lo que las corrientes, aún no lo sabíamos, eran igual de brutales y peligrosas. Los salpicones se elevaban más de 10 metros a lo lejos, en el espigón de la bocana, Medhia se nos antojaba inabordable. -Illo, aquí en la izquierdita esta ¿no?- proclamé yo, goofy cerrado, sin mucha confianza en mis posibilidades. El Calada me miraba muy serio de reojo con cara de “¿Aquí? ¡Me cago en tus muerto! ¿Otra ve me va a colocá en duquelita pisha?” pero yo, acostumbrado a su indignidad, lo ignoré con desprecio buscando apoyo en mi inexperto y temerario aprendiz, El cabezón del Cresi. Aunque eso es algo que debería haber aprendido a no hacer, ya que: caso al Cresi = posible muerte horrible (Ver Uluwatus experiens). El Cabeza por supuesto recogió el guante con su patológico afán competitivo y el Mortadelo, pese al enrojecimiento azorado de su ennucada frente, pues no iba a ser menos ¡su joven y nueva pibita lo observaba admirada! (claramente musha montura pa tan poco jinete) El Calada se lo piensa y acepta acompañarnos sin demasiado convencimiento temiendo quedar retratado de “cagao” una vez más en este “bló de difusión mundiá”. Y es de agradecer porque la verdad, el chiquillo valiente no es, tiene otras virtudes, es honrado (trabajador no), buen amigo (si su vida no corre peligro) es mono (un poco bajito pero gracioso) con “ánge”, pero valiente, valiente,… pues no. Pues ahí vamos, cuatro intrépidos y variopintos surferillos de carpeta pertrechados en plan “El Gran Miércoles” henchidos de orgullo como “gatitos masho”, recorriendo el margen sur en busca del lugar idóneo donde echarse al agua. La rivera estaba reforzada con enormes bloques de hormigón que eran arrasados cada pocos segundos por las enormes olas como rociones de NAPALM, por lo que la operación descenso debía planificarse milimétricamente, ya que un resbalón o demorarse demasiado podía ser fatal. “Los cuatro jinetes de la pocaleshe” petrificados 10 minutos ante el panorama cuando -¿Illo de verdá te va a meté?- me susurra el Caladita por lo bajini en un último y desesperado intento por rehuir nuestra más que probable tragedia -mmm... no se ¿y tú?- repliqué yo, procurando que no me oyera el Cresi –Solo si tu te mete- me volvió a responder él, prolongando así nuestra patética letanía mientras una nueva serie castigaba los aristados bloques (podía saborear mis cataplines en la garganta) Como yo era el único que calzaba escarpines, además de ser con diferencia el más valiente y capacitado de todos, decidí dar un paso al frente y asumir la responsabilidad que el destino me tenía reservada como líder natural de la expedición: yo sería el primero en descender por los bloques arriesgando mi pellejo en bien del colectivo. Espero a que pase una serie, un saltito, dos, tres, equilibrio malabarista, iiiín, otro saltito, casi estoy… ¡¡¡suuuuus muerto!!! (Roción inminente) el Negro por patas parriba como una lagartija salvando mi culillo respingón in extremis de un salto estilo “peshaso sordaito”. La expresión del Calada recordaba a la de un mosquito en la boda del Camarón. No pasa nada, otra vez pabajo, uno, dos, tres saltito, equilibro malabarista, otro más, casi estoy… ¡¡¡Socorroooo!!! Laaagartija parriba, resbalón inoportuno en el verdín, ostión gordo, el Afro en plan “lapa” detrás de un bloque ¡¡¡El mar me engulle!!! (Tabla percutiendo roca tras roca) sebauras varias, cojo la tabla, me echo al agua, me encajo entre dos piedras ¡¡¡oootra ola, pooón!!! Me libera, más golpes, más toques a la tabla… ¡uuuf! me alejo nadando, me vuelvo hacia la parroquia y les grito en plan chulito con una ceja levantá -¡¡¡Quillooo tranquilos no hay peligro, es fáci!!!- Al Calada le iba a dar un patatús, los otros dos se habían mimetizado con los bloques. Mis tres compis iban aterrizando en el río con más o menos fortuna pero los ¡clonks! Y los ¡ays! eran estándares en el repertorio sonoro. Yo mientras tanto libraba una épica batalla a muerte con la corriente, que me arrastraba río arriba, tratando de reunir al pelotón para hacer frente común a todo un bestiario de horrores líquidos cuando, de repente, la primera Mororoca se cierne sobre mi pescuezo, la remo con ímpetu, flis flas eeeeepaaa, fssssssss… ¡¡¡¡que güeeeena olaaa!!!! Si señor, era todo lo que prometía, grande, perfecta y larga muuu larga ¡El palomo volaba de nuevo! ¡guruguruguru! Cuando me salí de la ola estaba en plena corriente y ahí comenzó el verdadero calvario porque ya no veías apeadero y los sopones te empujaban uno tras otro hacia una orilla que no existía. El Calvito y el Calada se encontraban en una situación similar a la mía después de haber trincado una ola cada uno. En esto que un olón se levanta como si fuera la cabeza de Godzilla, la más grande del día, el único en el pico, el Cresi con su tablón -¡Dale, güenaaaaa!- Jaleábamos los tres, ese Cresi que rema con todo su ímpetu y el barco que comienza a moverse, yo en mi imaginación escuchaba la música de Tiburón, Chan chan chanchan… “in crechendo”, como un fatídico presagio -¡Que cabrón que buena, que lo consigue!- Por lo menos 3 metros ¿la gloria para él? –¡Ole ole!- en eso que se recrea el nota demasiado en su torpeza al levantar su corpachón de 1,90 + sus bien despachados 30 cm. de (ejem) merienda de león y ocurre la tragedia. Lo recuerdo todo a cámara lenta, todos fuimos testigos de cómo caía el Cabeza devorado por el zurdo monstruo, a plomo, molondro abajo con los “braso en crú” como aquél jesuita barbudo del principio de “La Misión” precipitándose por aquella catarata amazónica “to entregao”. En su carita afloraba una lastimosa expresión de triste despedida que iba acompañada de un minúsculo chillido de castrati cada vez más fino -¡adiooooó!- No estoy seguro pero creo que vi una lagrimita brillar en su mejilla reflejando un destello solar (en la mía desde luego no) La escena sonaba a tango de Gardel (Adiós muchachos compañeros de mi viiida, barra querida de aquel tiempo) ¡Jamás vorveríamo a ver al porejito Farineli! “Glup, esto se pone shungo” pensé yo pa mis adentro sobreponiéndome a la pérdida del camarada caído, la corriente me arrastraba decididamente hacia atrás y no podía hacer nada para evitarlo, ni siquiera mis privilegiados bíceps, que me ardían hinchados amenazando con rasgar el neopreno, me podían salvar, entonces ocurrió un flasbá, un deyavú (ver Uluwatus experiens) llámalo como quieras, pero apareció mi héroe, mi Mesía redentó, que además era morito (esto para los fundamentalistas cristiano) Abderramán, un corchero local de once años y un cuarto kilo, que aleteaba hacia mi, no flotando ¡sino levitando sobre las agua! con una aureola dorada beatífica en el coco igualito que Marselino Panivino ¡Hosanna! Si no fuera porque el shiquillo era renegrío habría sido un momento querubín.
-Mona mi! U e la sojtí?- Le grité en un fransé que, a pesar del pánico, timbró perfecto en mi oído absoluto, demostrando una vez más mi excelso poliglotismo –ennnnnn???- me respondió él con cara de flipao (pobrecillo, debía tener algún problema auditivo debido a la polución del río) –La sojtí!- le repetí más alto haciendo el gesto inequívoco de golpear de arriba abajo el canto de una mano con la palma de la otra –Aaaah! La sortie- me responde el chaval (cojone, eso he disho, la sojtí) –La sortie est à la voiture blanche! (o algo ajín)- me dice señalándo un recodito amansador en la rivera bajo un coche blanco, aparcado a una altura del río imposible de alcanzar por alguien que no fuera Mich Bucanan -Et apgé?- le repregunto forzando ya el acento -Non, pas après- (momento deyavú “don´t miss the cave”) y me señala con el pulgar pabajo, ósea que en el coche blanco o al carajo pipa ¡mamaaaaaaaá! ¿Otra ve me tiene que pasá lo mismo? Cojone parece que estoy atrapado en un bucle espasio-temporá, una especie de día de la marmota surfero –Tu veux sortir?- me dice el imberbe “to relajao” al percibir mi desesperación –Güi güi- (ya no me sonaba tan fluido mi fransé de gallos entrecortados) -Cinquant euro- (¡joputa niño!) ni me lo pensé -Dacojd dacojd!- le respondí con la dignidad totalmente mancillada por el vil chantaje –Viens avec moi- Y se pone a aletear tranquilamente hacia adentro del río, yo no entendía nada. De repente todo encajó, ese enano cabrón del infierno era espabilado de cojones a sus once primaveras, en medio del río la corriente se invertía en un recontraflujo que nos llevaba casi sin esfuerzo de nuevo al pico. El nota me miraba bajo sus pobladas cejas con una mueca burlesca de sus melladas paletas, yo no sabía donde meterme de la vergüenza, ni siquiera le podía revelar que los reyes eran los padres para vengarme (al maldito infiel se la sudaba) ¿Los deresho humano de los niño? ¡Un carajo pa tosello! Herodes, jeje, ese si que sabía. Mortadelo el cabroncete había sido más listo, simplemente se había mantenido al liqui de todo y había cogido el rebufo de nojotro. El calada sin embargo no lo había conseguido y se había convertido en un piojito en las crines blancas del averno, un shisharito solitario en un pushero hirviendo, una cagarruta tragada por un vate Roca. Cuando eché la vista atrás apenas le sobresalía ya un detalle, una manita desesperada en forma de patético garabato que se iba hundiendo poco a poco a cada azote espumoso, igualito que se hundía Leo Dicaprio después de aquél famoso naufragio, lo último que creí escuchar fue algo así como “¡Negrooo tus muerglugluglu!” “Este asesino es rápido y despiadado” pensé “hay que ser muy hábil para vencerlo” ya solo quedábamos dos, también es verdad que los dos más güeno. Una vez aprendido el truquito de la corriente todo fue más fácil, la consigna estaba clara, cogías una ola y cuando llegabas a la altura del coche blanco te salías y te dirigías rápidamente hacía el medio del río para remontar, así una y otra vez, y la verdad es que el baño fue de categoría, incluso casi me hizo olvidar el sentimiento de culpa de haber arrastrado a mis dos amigos a una muerte cruel (he disho casi joé, algo de sensiblilidá todavía me queda). La sesión llegaba a su fin y quedaba un último momento delicado, abandonar el río sin ser despedazado contra los bloques, lo cual no era tarea fácil. Yo me guardaba el “as” en la manga del coche blanco pero Mortadelo no se había aprendido la lección y a mí se me había olvidado comentárselo (¡oh, que lapsus, que putada para él!). Ese nota que se dirige en plan kamikaze hacía las rocas y una ola que lo recoge por detrás a lo excavadora suspendiéndolo en el aire como a un dibujito animado, agitando los brazos como si fuera a volar, y lo estampa contra la superficie (plana por suerte) de uno de los perolones. El chavá se quedó pegao con los braso abierto como ¼ de jamón del güeno en un plato bocabajo. Me recordaba a las carcomonía de los Tigretone de cuando era shico jeje, la carcomonía del “Mortadelo surfero”, no pude reprimir una risilla malvada al observar la escena. Por fortuna, no pasó de un fuerte cosqui y logró ser izado por Tríniti y Jeremí cual caballa chiguata mientras este le animaba en frañol –Allez Mogtadelooò, que tù puedèe!- Un chichón en la frente (o en la nuca, yo que se) y una chocaura en un costado, nada que no pudieran restablecer las caricias y los tibios besos de su amada, churretoso pero a salvo. “Eso no me puede pasar a mi” Pensaba yo mientras me dirigía al recodo del coche blanco rodeado de espuma. Efectivamente, el lugar ofrecía una perfecta protección contra los furiosos envites de la Mororoca y no tuve ninguna dificultad en asirme a un chino rodao alcanzando la ansiada liberación fluvial, un problema menos. ¡Ay si lo hubiera sabido antes! si lo hubieran sabido el Calada y el Cresi, todavía seguirían vivos. -¡No podemo dejarlos aquí! ¡Tenemo que rescatá sus cadávere entumecío del agua!- Me gritó el Mortadelo enmoresío cuando yo ya me disponía a marcharme removiendo mi conciencia –es verdad, cojamo los coche y vayámono río arriba, es lo meno que podemo hacé para honrá la memoria de dos genuino héroe gaditanos (disen que el amarillo…)- proclamé arrepentido. Un kilómetro más arriba nos quedamos flipaos ¿el cuerpecillo del calada? ¡Si, y con vida milagrosamente! El pobrecito estaba agarrado a una roca sin poderse mover, aterido de frío como gorrioncillo despeluchao sorprendido por la lluvia. Llegamos como pudimos hasta su situación justo para tenderle una mano salvadora, una manta y un Bollicao. Uno más fuera de peligro ¿Y el Cresi? ¿Sería posible un segundo milagro en el mismo día? A lo lejos la visión de una gran boya meteorológica arrastrada por la corriente nos inquietó aún más, si eso todavía era posible. De repente –¡Illooooo socorrooo!- No era una boya meteorológica, era algo más grande, ¡la cabeza del Cresi! o lo que quedaba de él, que se encaminaba sin remisión con la jeta desencajá to follao hacia las rocas de un meandro impulsado por un flujo sobrenatural, el shavá era la viva imagen del pánico con los ojos que se le salían de sus órbitas como si fueran gafa de muelle. El rescate había que coordinarlo en décimas de segundo y así fue, nos colocamos los tres en plan cadena solidaria. El Calada, el más liviano de todos, colgando de una roca y agarrado por los pies por el Calvito, tenía la difícil tarea de trincar al Cresi a su fugaz paso, yo mientras soportaría el peso de la operación como anclaje, apoyado en mis poderosos cuadriceps, agarrando a su vez al Mortadelo. Nosotros to preparaos para la recepción como cuando Han Solo y Chugüaca trataban de salvar a Lando de aquél pozo con tentáculos en Tatooine. El Cresi que pasa por debajo, el Calada le trinca la mano pero se le resbala inoportunamente de sus diminutos dedos ¡fsss! Otro que se enfila trágicamente contra las rocas estampándose como cabestro contra burladero, haciendo estallar su tablón en mil pedazos a lo “Estrella de la muerte”, el más grande del tamaño de un pito de carnaval. Afortunadamente su descomunal y extra-dura cabeza no corrió la misma suerte (peor parada salió la roca, “Le Cratère du Molondre” le llaman al accidente geográfico los nativos) y pudo sobrevivir al avatar, magullado y humillado, pero con un suspirillo de vida entre sus amoratados labios –¡Un mamoneo, illo, un mamoneo!- balbuceaba castañeteando el shiquillo, enguachisnao, todavía con voz de falsete cuando le dimos alcance (Pasarían días hasta que pudiese recuperar su tono de Clinisvu habitual, para mi que los güevesillo se le habían metío paentro y tardaban en bajá). Por fin éramos de nuevo una familia feliz, riendo y comentando la jugada mientras dábamos buena cuenta de unos filipinos (no oriundos de Filipinas, sino galletas de chocolate) observando el espectáculo que nos regalaba la indómita Mororoca. De repente, algo me jala del pantalón ¡Me cagonlosmuerto, Abderramán! -Cinquant euro, tu me dois Cinquant euro- me inquiría el enano con voz chillona -¡Callate niññoo!- le susurraba yo tratando de que los demás no se coscaran de mis patéticos negocios con el crío -¡Cinquant euro Said, tu me promit!- ¡los muerto del niño home! –¡Tesquiyá pitufo tostao!- y le hago ¡iiiiín, poón! Colleja con la mano abierta, lo suficientemente fuerte para que se rascara pero sin hacerle daño que tampoco era plan. Era un hijoputilla pero un trato es un trato y él tenía razón, pero es que no lo pude evitar, me salieron dos demonio junto en vez de un demonio y un ánge. Eso si, orgulloso no me siento. -¡¡¡¡¡¡¡Amalahamalaha!!!!!!!! Malahamalahamalaha!!!!!!!!- Illo, por primera vez sentí miedo de verdad, ya puedo decir que he visto jurar en arameo. Al enano se le habían puesto los ojos del revés y nos señalaba inquisidor con el dedo mientras con la otra mano se frotaba su enrojecido cuello, era como la niña del Exorcista pero en moro. El nota no se que tipo de blasfemias soltaba por su espumarajeante boca, pero debía tener algo que ver con “¡Alá os castigará con su puño de acero y pagareis vuestra impiedad en 2ªB (el infierno para un cadista) hasta que a Dertycia le salgan rastas!” ooo algo peor tipo “¡Como venga mi tío con la mochila os vai a enterá cabrrrone!” Quillo lo que fuera, yo me cagué por las patabajo, al Calada y al Cresi se le caían los filipinos de la boca y hasta la Trini cortó temporalmente con el Mortadelo después de que este huyera despavorido sin mirar atrás (¡que ya no estoy con ella! plash) -¡¡¡Vaaaaaaámono de aquí, ya!!!- Un guanajarse para no volvé. FIN |
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